loader image

Hablar de rutina hoy en día parece algo aburrido. La vida parece que debe ser frenética, nos impulsa a “sentir algo” en todo momento. Las redes sociales son una buena muestra de ello, cuando pasamos cada 30 segundos de vídeo en vídeo, buscando algo que nos haga reír, emocionarnos o incluso llorar. Hoy parece que no vale aquello que no te haga sentir: mi pareja ya no me hace sentir nada, mi vida es aburrida, mi trabajo es igual cada día… Por eso nos ofrecen experiencias, conocer constantemente personas nuevas, cambiar de pareja cuando el amor se hace rutina. Ya no vende el “para toda la vida” porque es sinónimo de aburrido. Incluso en la fe, parece que hay que sentir a Dios intensamente para que valga o nos llene. Se ofrecen muchas convivencias en las que sentimos plenitud, nos sentimos transformados. Pero esa transformación luego tiene que superar el día a día.

Hablar de la fe en la vida diaria no es hablar de algo extraordinario o lejano, sino de una fe sencilla, vivida en lo cotidiano, en casa, en la familia, en los pequeños gestos que van dando sentido a cada día. Para mí, la fe se vive principalmente desde mi vocación como esposa y como madre, en medio de la rutina, de las prisas, de los aciertos y también de los errores.

Tengo la gran suerte de que la fe en mi vida ha sido una constante, ya que mis padres, desde pequeña, me transmitieron la base desde donde luego he ido construyendo con el paso de los años. Quizás al principio mi fe era más inmadura, e incluso más culpabilizadora, posiblemente más de otro tiempo,

pero gracias a diversas vivencias y a personas que Dios fue poniendo en mi camino

fui aprendiendo a amar a Dios con sencillez, a sentirme amada por lo que soy, no por lo que hago, a buscarlo en las personas que tenía a mi alrededor, en poner en sus manos mi día a día.

Mi madre siempre me ha dicho que a un verdadero cristiano se le conoce por transmitir amor y alegría, y eso siempre he tratado de llevarlo como referente. Y es ahí donde cada día, cada rutina, se ha transformado de color. Ya lo dijo Santa Teresa de Calcuta: “No todos podemos hacer grandes cosas, pero sí podemos hacer pequeñas cosas con gran amor”.

Tener a Dios como centro de nuestra vida

no significa que todo sea fácil o perfecto. Significa, más bien, saber hacia dónde miramos y en quién nos apoyamos. Cuando me casé comenzamos una nueva familia, con unos nuevos pilares y con unas nuevas “rutinas”. Algunas de ellas sencillas, pero básicas en la construcción del hogar, ya que han dado estabilidad y nos han reforzado frente a los distintos avatares de la vida.

photograph of a kitchen counter

Aprendimos especialmente la importancia de las rutinas al tener a nuestros hijos. Fue en ese momento cuando nuestras vidas se llenaron de rutinas: la del baño, los tiempos de juego, las comidas a las mismas horas, los tiempos de descanso, los cuentos antes de dormir, los “tiempos de calidad” juntos.

A esas rutinas se unieron desde el principio otras que se han ido instaurando, no sin dificultad, pero con la esperanza de que esa semilla que plantamos un día fuera creciendo y enraizando con fortaleza.

La rutina de los domingos, yendo a misa, tratando de que no solo fuera una costumbre, sino un encuentro, un momento para parar, agradecer y recolocarse en nuestro camino. Otra rutina muy bonita siempre fue la oración de la noche. Las primeras oraciones de los niños, el “Jesusito de mi vida” o “las cuatro esquinitas”. El “Padre Nuestro” rezado del tirón con media lengua. Esa rutina se ha transformado actualmente en rutina de la mañana, en el coche, todos yendo al colegio, dando gracias por el día y pidiendo por todos los que necesitan tener un poquito más cerca al Señor. Oraciones especiales en Navidad o Pascua, en las que nos sentamos todos juntos de la mano, el “rezando voy”, las velas encendidas. Bendecir la mesa antes de comer es otro pequeño gesto que nos ayuda a recordar lo afortunados que somos, que lo que tenemos en la mesa no solo es fruto de nuestro esfuerzo, sino que es todo un regalo. También tenemos en casa signos visibles de esa fe que queremos vivir: una cruz, una Virgen. Son símbolos que nos recuerdan que no estamos solos y que siempre vamos acompañados en este camino.

Otra rutina que nos llena de felicidad son las celebraciones. Nos gusta ser celebrativos y compartirlas con los demás. Transmitir alegría y dar amor, ya lo dijo mi madre. Los cumpleaños, los aniversarios, las etapas que se cierran o se abren. Este año celebramos nuestro 20 aniversario de casados organizando una Eucaristía en casa con los familiares y amigos íntimos. O cumpleaños especiales, algunos organizados de forma sorpresa y con una buena fiesta… porque ¡Dios también nos invita a disfrutar!

El Evangelio que siempre nos ha acompañado,

tanto en nuestra boda como en los diferentes bautizos, ha sido el de Mateo: ser luz y sal. No es una casualidad, ya que creemos que estamos llamados a ser luz para otros, iluminar con nuestra propia vida, con nuestros gestos, con nuestras rutinas, con nuestra manera de amar.

Ser luz no significa ser perfectos. Tratamos de buscar la autenticidad, la sencillez y, a la vez, el saberse débil y frágil, pero necesitado y sostenido por el Señor. Es también saber pedir ayuda. Para poder ser luz, lo primero es cuidarnos a nosotros mismos, y eso nos llama a la responsabilidad. Para poder dar calor en los momentos de frío, hay que mantener encendida esa llama. Eso implica un cuidado personal y del otro, y muy especialmente siendo padres, ya que somos reflejo donde se miran nuestros hijos, imagen proyectada y ejemplo más por lo que hacemos que por lo que decimos.

Vivir la fe en pareja es una gran suerte

y un regalo inmenso. Saber que podemos elegirnos cada día con Dios en medio nos da una base firme. Cuando algo falla, cuando llegan las dificultades o las diferencias, Él se convierte en ese lazo de unión que nos mantiene unidos, en el punto de encuentro al que siempre podemos volver. La fe no elimina los problemas, pero nos enseña a mirarlos juntos y a afrontarlos con amor, paciencia y confianza.

En definitiva, las rutinas sencillas de la vida diaria nos recuerdan quiénes somos y cuál es nuestro hogar, nuestra fortaleza y nuestra debilidad. Cómo le pasó a María ese día de la visita del ángel, dan paso a lo extraordinario. Nos recuerdan que somos queridos y amados. Nos dan paz y calma en esta vida de prisas y ruido constante. Nos invitan a vivir con autenticidad y sin máscaras, a querernos y cuidarnos. A vivir con fe. Una fe que nos recuerda cada día que Dios camina con nosotros, que nos sostiene y que nos invita a ser, allí donde estemos, luz y sal para los demás.

por Cristina Rodríguez Planas, profesora de nuestro María Inmaculada Sevilla.

Deja un comentario

Descubre más desde El hatillo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo