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Jesús, relación y diálogo constante

Tras su muerte, la humanidad nos seguíamos preguntando quién era este hombre. No estaba resuelta la pregunta aún después de todo. Hemos ido formulando conclusiones, fruto, por un lado de nuestras experiencias de encuentro con él pero también de tantas e interminables discusiones. Pero por debajo de todo ello, sabíamos lo que era Verdad porque lo que es verdad resuena dentro, no depende de como la formulemos. Y hemos acertado en concluir lo siguiente:

Jesús es la Palabra del Padre que vino hace más de 2000 años y sigue viniendo cada día a ayudar a las personas a descubrir que «el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Romanos 5,5). Es esencialmente relación con el Padre y con el Espíritu Santo, con quienes es y vive como en una comunidad de Amor, desde donde fue enviado a encarnarse y hacerse hombre para entrar en diálogo con cada uno de nosotros, de tú a tú.

En los Evangelios, un poco antes

Un poco antes de todo este desarrollo, vemos a Jesús abierto a la relación con los otros sin distinción ni acepción de personas. Encontramos tres grupos de personas cercanas a Jesús en su vida pública y con las que mantiene frecuente relación: los discípulos y discípulas, “la gente” que acudía a Él y los adversarios que criticaban su forma de actuar poniendo en duda su autoridad. De hecho, se podría dividir en dos todo el texto del Evangelio: por un lado, las escenas y pasajes en las que alguien acepta a Jesús y, por otro, las escenas y pasajes donde alguien niega a Jesús, o no acepta su mensaje.

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Los pastores (Lc.2,15); Juan Bautista (Mt 3,13); Simón, Andrés, Santiago Zebedeo y Juan, el tentador (Mt,4 y ss) son ejemplos de estas relaciones.

Entre los pasajes de aceptación destaca el sí de María, que ante la visita y el anuncio del Ángel acepta a Jesús -es la forma que hemos encontrado para expresar el que este niño se recibe de Dios (como todo lo que en nosotros es Verdad)- y la tarea que a ella le corresponde en el plan de salvación, o lo que es lo mismo, de plenitud.

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Al empezar Jesús su vida pública, en seguida llama a sus discípulos (Mc.1,14-20), a los que se van sumando varios seguidores y seguidoras. Algunos dejan todo para ir con Él y ayudarle en su tarea de anunciar que el Reino está cerca. Era ese el centro de su mensaje.

Son testigos de lo que hace y dice, de su forma de relacionarse con las personas que le seguían, y nos cuentan cómo priorizaba a los enfermos, a los recaudadores de impuestos, a las prostitutas, a todos los que estaban marginados por la sociedad.

En estas relaciones destacan algunas características:

Es fiel al Padre que lo ha enviado, tiene una fuerte conciencia de enviado en todos los momentos de su vida y también es fiel a sus amigos y amigas: “lloró ante la tumba de Lázaro”.

Es paciente, sabe respetar el ritmo de cada persona, de los apóstoles, de las discípulas y discípulos.

Es empático, se mete en la piel del triste, del solo, del pecador, no se queda indiferente, sale al encuentro del otro y da lo que necesitan, salud, comprensión, perdón.

Las relaciones de Jesús son sanadoras

Sanadoras por el amor, sanadoras de misericordia, de comprensión y de perdón. En definitiva, Jesús, es una persona relacional, hemos llegado a decir que es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para “ser uno más entre los hombres”, para anunciar a cada persona la salvación. Esa ha sido su tarea y su misión mientras estuvo en la tierra.

por Concha Notario, rmi

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