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¿Quién es Jesús de Nazaret?

Un galileo, nacido en Nazaret (el actual Israel) hace aprox. 2000 años.

Quedaría definido en esa frase si la calidad de la presencia de ese hombre no hubiese creado en torno a sí un movimiento de renovación intrajudío del cual somos herederas y herederos:

A la larga dio lugar a unos procesos que permitieron, por ejemplo, la creación de documentos universales como la Declaración de los Derechos Humanos; procesos que están en las bases de la sociedad occidental. Pero Jesús no fue solamente el motor de un fenómeno sociológico. Hablar de Jesús es hablar de nosotras mismas.

Ajusticiado a los 30 y pico de años por Roma, sus seguidores, tras la dispersión provocada por su muerte, volvieron anunciando que estaba vivo, es decir, que seguían teniendo experiencias de encuentro con él. A través de esos encuentros accedieron a otro estado de Realidad ya por Jesús anunciado: accedieron al fondo de la Realidad… y desde allí sentaron, con su anuncio, las bases del mundo que conocemos, caminando -a través de constantes refinamientos y altibajos dolorosos- hacia el amor, la compasión, la fraternidad,… 

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¿Qué sabemos de él?

Es la pluralidad lo que realmente quedó recogido por los evangelistas y no una visión monolítica de quién fue y de lo que hizo Jesús. De hecho, de cada uno emerge un perfil distinto suyo, por eso, no podríamos, a partir de ellos, trazarle una biografía a Jesús. Pero sí ese perfil. Por supuesto, no de lo que fue en sí mismo, sino de lo que fue para cada –y dentro­ de cada– una de estas mujeres y hombres. Es decir, lo que está expresado es el encuentro con Jesús que estas personas han querido contar utilizando como medio y modelo relatos que circulaban -algunos originales cristianos, otros inspirados en otros personajes- ensamblándolos a su modo y con unos hilos particulares de acuerdo con su propio contexto y para dar una respuesta a los problemas de su propio contexto. En teoría, cada una de nosotras podría escribir su evangelio. De esos los que son canónicos y que están en nuestras Biblias son fruto de un proceso de composición bastante más complejo de lo que estamos acostumbradas a imaginarnos. No debemos aspirar a, a través de ellos, llegar al Jesús de la historia. Sin embargo, sí llegamos, a ese Jesús del encuentro.

Realmente, el mejor modo de conocer quién es Jesús es experimentándolo, o, lo que es lo mismo, siguiéndole.

Ya que, como seres humanos, no hay otra forma de estar en el mundo que en el espacio y el tiempo, es decir, en un lugar y época concretos, también así, el experimentar a Jesús está necesariamente encuadrado en un mundo de significados, en un lenguaje, en unas formas. 

Por eso, podemos hablar de Jesús hablando de su comunidad y a través de las formas como sus comunidades a lo largo del tiempo le fuimos experimentando. Por ejemplo, mientras vivía, el movimiento de sus seguidores estaba constituido por discípulos itinerantes –los que iban con él de aquí para allá– y, contemporáneamente, por comunidades no itinerantes, que ya en vida suya empiezan a surgir. En estas comunidades la capacidad de recordar las palabras de Jesús era esencial. Se recuerda lo que sirvió y sirve para vivir, por eso, para favorecerlo se mantiene un estilo de vida concreto (caracterizado por ejemplo por la confianza de que Dios provee). Allí, a Jesús quizá lo vean más bien como un profeta que venía a liberarles de la injusticia en la que estaban sumergidos. No podremos averiguarlo con seguridad. Sí sabemos lo que pedía: adhesión a su persona; y que el centro de su mensaje era acoger el reino de Dios, es decir, la Realidad última de la existencia.

Con su muerte, el surgimiento del movimiento cristiano y su inevitable institucionalización, se empieza a interpretar ese encuentro desde otras claves (la filosofía griega, por ejemplo) y a expresarlo de otros modos. Seguiremos haciéndolo ya que ese Lugar en donde lo encontramos es anterior a cualquier forma. Puede, y de hecho lo hace, reinventarse continuamente.

Beatriz Melo, rmi

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