¿un relato de la vida de Jesús?
Lo que hoy llamamos evangelio es un tipo de texto, narrativo, que nos transmite la fe en -es decir, una vivencia profunda de- Jesús. No pretende relatar la biografía de un personaje especial sino que transmite una experiencia religiosa. En realidad, en la primera generación de creyentes, la vida de Jesús como tal no tiene mucho peso porque de lo que quiere hablar Pablo es evidente, según él, en la cruz -el modo romano de ajusticiar a los delincuentes-.
Entonces, un evangelio no es una síntesis de lo que Jesús hizo o dijo. Pero tiene una relación con el presente, con la comunidad para la cual fueron escritos y con la Iglesia actual, con tu experiencia, y ahí reside su valor. Su objetivo es orientar al lector o lectora sobre el sentido de la persona de Jesús y su mensaje. Hay, por supuesto, una base histórica, porque Jesús caminó, vivió y se relacionó con la gente, sin embargo en los relatos, no se recoge tanto lo que dijo sino lo que podría haber dicho Jesús en esas circunstancias. Así, los evangelios no nos acercan al Jesús histórico, sino al Jesús recordado.
Si Jesús inventó parábolas para explicar su mensaje, también ellos tenían derecho a inventarlas y a ponerlas en su boca, para darles más autoridad.
JOSÉ LUIS SICRE, El cuadrante: Parte I – La búsqueda
Cuando Pablo, un judío del s. I y autor de los primeros textos sobre Jesús, se encuentra con el movimiento de ese galileo ejecutado por Roma que sugería que le siguieran algunos hacia un modo nuevo de ser, se abre un capítulo nuevo en la historia de la humanidad.
Pablo vive esa experiencia cumbre a la cual Jesús, en vida, se refería con expresiones como el reino de Dios. Mientras trata de entender lo que le acaba de pasar empieza a hilar y a apurar las consecuencias de la nueva certeza que habitaba su corazón… De algún modo le es dado a comprender que aquel galileo estaba en Dios (tanto y tan profundamente que comienza a expresarlo con estas palabras: es hijo de Dios) y con él está también toda la humanidad. Es decir, se desvela un modo nuevo de ser humanos.
Para expresarlo, Pablo desarrolla una especie de teología de la cruz. Parece en sus escritos obsesionado por ella. Lo cual se comprende cuando entendemos que esto era lo realmente novedoso en aquel momento: pues aquella cruz había ampliado su comprensión de lo que es Dios. Si antes creía que solo los puros se acercaban a Dios, Pablo cae en la cuenta que era cierto lo que había descubierto Jesús: Dios es un abrazo a toda la humanidad.
No se trata entonces de puros e impuros sino de acogida, calidez de hogar y mesa compartida.
Así, con Isaías (52,7) en la cabeza, Pablo desarrolla la siguiente idea: utilicemos la palabra evangelio -que en el mundo colectivo de significados indicaba uno que ha hecho algo por la liberación de todos- para referirnos a esta muerte. De este modo, a mediados del s. I, la palabra evangelio empieza a identificarse con el evento de la muerte de Jesús en la cruz. Allí se había desvelado el nuevo Dios.
La vuelta a Jesús se da en la segunda generación. Marcos, redactor del primer evangelio, es experto en desarrollar lo que había recibido de la tradición de Pablo a la cual añade nuevas interpretaciones: ¿y si lo extendiéramos a toda la vida de Jesús y no solo a este acontecimiento? Es como si nos dijera: para que entiendas el evangelio –aquel acontecimiento en la cruz– te hablo de toda la vida de ese hombre. Por eso escribe al inicio de su texto: «Comienzo del evangelio de Jesús…» Desde allí, el tipo de texto “evangelio” se va poco a poco identificando con el narrar la vida de Jesús. Luego, Mateo y Lucas irán incluso más atrás en el tiempo –lo extienden a Abrahán y a Dios, respectivamente– y Juan lo ampliará todavía más: hay que empezar a relatar desde más atrás todavía, al principio de todo.




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