Cuando tenía 16 años conocí a las Religiosas de María Inmaculada; y, gran parte de lo que hoy soy, es gracias a lo que con ellas viví, crecí y aprendí hasta los 21 años, primero en la casa de Córdoba y después en la de Sevilla.
Si bien, es cierto que aquella adolescente ya venía de un hogar en el que mamé, por el ejemplo de mis padres, que la fe sólo tiene sentido desde la entrega y el amor sin medida y de que si queremos vivir el evangelio debemos participar activamente en nuestras comunidades,
fue en la residencia dónde desde el primer momento tuve el deseo y la inquietud de colaborar
en cada unas de las actividades que se celebraban, llegando a ser incluso delegada de fe.
No podía imaginar aquella chica que, casi 20 años después, estaría reflexionando sobre la importancia de que los jóvenes católicos seamos activos y participemos socialmente para que
un mundo más justo e igualitario sea posible.
Y es que la dignidad humana, la solidaridad y el bien común que son los principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica han de impulsarnos a luchar contra las injusticias.
Es desde la oración y el silencio que los cristianos encontramos la paz y la alegría de corazón para ser sal del mundo. Creo que es un regalo, en un mundo que cada vez tiene más sed de Dios, tener la certeza de que sólo en Cristo se encuentra descanso, consuelo y luz. Pero ¿qué ocurre si la sal se vuelve sosa? Si esa fe se limita a vivir la vida sin preocuparnos por los demás, si no tenemos conciencia de que somos sociales por naturaleza y vivimos desde ese ser comunidad, tal y cómo aparece en el Evangelio, ¿qué sentido tiene hablar de entrega y amor?
La fe no es únicamente una experiencia espiritual sino también una invitación a comprometernos con la realidad social y política que nos rodea.

En un planeta marcado por desigualdades, tensiones y cambios constantes, la participación ciudadana y el activismo político se convierten en formas concretas de vivir el Evangelio. La cooperación, el compromiso público y la fe pueden integrarse en un mismo proyecto de vida orientado al bien común.
La participación ciudadana es el primer paso de este camino. Implica reconocer que se forma parte de una sociedad y que, por lo tanto, se tiene la responsabilidad de contribuir a su desarrollo. Y ¿cómo se es partícipe?
Los jóvenes debemos informarnos sobre lo que ocurre a nuestro alrededor.
En la década dónde hay más acceso que nunca a tener información, creo que es cuando más desinformados podemos estar si sólo oímos el ruido de las redes. Es muy importante saber ir a las fuentes verdaderas y no permitir que el odio, la mentira y la crispación tengan cabida en nuestra participación ciudadana. Y, sobre todo, debemos defender siempre los derechos sociales de los más vulnerables y promover un trato justo y humano en nuestros espacios educativos y laborales.
Pero el compromiso no puede terminar ahí. La cooperación social, entendida como la capacidad de trabajar junto a otros por objetivos comunes, se vuelve fundamental, a través de nuestras parroquias, asociaciones e incluso partidos políticos. Los cambios significativos sólo son posibles desde el trabajo colectivo, del esfuerzo compartido y del diálogo abierto.
La cooperación nos enseña a valorar la diversidad, a escuchar diferentes perspectivas y a construir consensos cuando las diferencias parecen insalvables.
Y son desde esas diferentes perspectivas dónde creo firmemente que se puede ser una activista política y una cristiana comprometida. Y es que el activismo político es la decisión consciente de involucrarse en la vida pública. Ya lo dijo el Papa Francisco ¨MÓJENSE¨. Este activismo político, vivido desde la fe, evita caer en confrontaciones estériles.
Debemos ser puentes y no muros
se trata de construir diálogos y no promover divisionismos. Tenemos que responder con respeto y firmeza, defender la verdad, la justicia y siempre actuar desde el amor al prójimo, sobre todo en unos tiempos donde la polarización está a la orden del día.
Hace unos días tuve que escuchar varias veces un vídeo en el que se decía que la mentira no es delito. Lo repetí porque no daba crédito a pensar que normalicemos los bulos. Jesús no fue indiferente ante la injusticia y defendió la verdad y la justicia. Él es nuestro modelo de compromiso valiente y misericordioso: Dar amor sin medida.
En definitiva, participación ciudadana, cooperación y activismo político no son actividades ajenas a una vida de fe. Son expresiones concretas del amor cristiano llevado a la acción. No podemos quedarnos callados, “no tengáis miedo” nos dijo San Juan Pablo II. Y si en algún momento nos encontramos cansados o sentimos que nadamos a contracorriente, podemos ir al sagrario y poner en él todas nuestras preocupaciones. Una sociedad más justa, fraterna e igualitaria es posible.
La fe sólo tiene sentido si nos entregamos y amamos sin medida.
por Leocadia Gómez.



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