Hay días en los que todo parece moverse a una velocidad vertiginosa: el móvil vibra sin descanso, las tareas pendientes se amontonan, el tráfico ruge, las incesantes notificaciones nos aturden y, sin darnos cuenta, nos vemos inmersos en una carrera constante que apenas nos deja respirar. El ruido —afuera y adentro— nos envuelve hasta el punto de que cuesta escucharse a uno mismo.
Y entonces, en medio de ese torbellino, llega un momento en que todo se detiene por un segundo. Una pausa mínima, quizá entre dos mensajes o en un semáforo en rojo, donde nos hacemos conscientes de que sentimos un cansancio atroz. Y comprendemos, casi sin pensarlo, que no queremos más ruido, ni más prisa… sino… silencio.
Un silencio que no es huida, sino regreso.
Regreso a lo esencial, a lo que somos de verdad, a ese espacio interior donde la vida se ordena y vuelve a tener sentido.
A esta reflexión llegué tras leer Biografía del silencio, de Pablo d’Ors, una obra de gran belleza literaria y profundidad espiritual, en la que el autor nos guía a descubrir en la quietud la esencia de nosotros mismos y el poder transformador del silencio. Una de las afirmaciones que más me gustó fue: “El silencio es un maestro interior. En la quietud descubrimos quiénes somos de verdad.” El silencio nos enseña a vivir con lo que hay y a conectar con nuestro interior, sin huir ni disfrazar la realidad.

Como filóloga, siempre me ha fascinado el origen de las palabras y, por ello, no he podido evitar sentir curiosidad por la etimología de Silencio. Esta palabra proviene del latín silentium, de silēre, que significa “callar” o “estar quieto”.
Atendiendo a raíces indoeuropeas de origen germano, el filólogo Julius Pokorny señala que la raíz sei-, muy presente en estas lenguas, significa “estar, permanecer” y aparece también en la palabra “semilla”.
Esta conexión muestra cómo silencio, estar y semilla comparten la idea de quietud y permanencia. Simbólicamente, podemos concluir que la calma es el terreno fértil donde la semilla, lo pequeño, se transforma en algo capaz de florecer.
El silencio no es solo falta de ruido
es un estado de apertura, una espera activa en la que lo profundo empieza a gestarse.
María nos ofrece un bello ejemplo de ello. María guardó silencio, escuchó al ángel, meditó en su corazón… y, llegado el momento, rompió ese silencio para pronunciar un sí que cambió la historia. Al igual que el sí a las chicas, de Santa Vicenta María, su decisión floreció desde la quietud, enseñándonos que la fuerza de una palabra puede surgir del recogimiento y del amor incondicional.
Ruido y Silencio, un contraste que se repite en la historia: el Domingo de Ramos, la multitud gritaba “¡Hosanna!” y pocos días después, “¡Crucifícalo!”. Hoy, ese ruido viene de voces que compiten, de pantallas con mensajes sin sentido, de modas sin valores que nos empequeñecen y nos alejan de lo esencial. Sin embargo, el silencio nos engrandece. Allí descubrimos que no somos insignificantes, sino que formamos parte de algo grandioso.
El silencio no es perder el tiempo: es dejar que en nosotros germine nuestra verdadera esencia, para poder decir nuestro propio sí: SI a la vida, SI a sentirnos amados hijos e hijas de Dios, SI a reconocernos parte de la creación, SI a nuestros sueños y SI al amor que sostiene el mundo.
por Tere Barón, profesora de nuestro Colegio María Inmaculada Sevilla.



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