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Al comenzar a escribir sobre “LAS PALABRAS” me viene la multitud de comentarios escuchados sobre lo cansados que estamos de palabras, que lo que necesitamos son obras, acciones.  Sin embargo, son las palabras dichas en voz alta o calladamente las que determinan lo que somos y hacemos. Ya Jesús en el evangelio nos dice: “de la abundancia del corazón habla la boca”

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Hoy te invito a pararte y reflexionar

¿Qué llevo en mi corazón?

Cuán importante es el tomar consciencia de la percepción y conocimiento que tengo de mí misma, de mí mismo, de cómo me hablo, cómo acojo mis fortalezas y debilidades, cuales son mis valores, que me mueve a levantarme cada mañana, que llena mi vida de sentido. Cuando soy capaz de escuchar y acoger esto en lo profundo del corazón

mis palabras pueden ser de bendición

para mí y para otros, me permiten decir y decirme bien, pronunciando así palabras que sanan, construyen, crean y tienden puentes. 

Pero todos somos conscientes que la palabra es una fuerza que puede crear o destruir, liberar o esclavizar.  Su poder reside no solo en lo que se dice, sino en cómo, cuándo y por qué se dice. Las palabras que a veces usamos para describirnos; “que torpe soy” “no voy a poder lograr eso nunca” o para hablar de otros, pueden terminar cerrando puertas, influyendo poderosamente en otros, convirtiéndose en profecías autocumplidas que impiden el desarrollo de las capacidades, de la riqueza que cada uno llevamos dentro.

Cultivar un uso consciente, ético y empático del lenguaje es uno de los mayores desafíos y oportunidades que hoy podemos asumir.

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Hay una frase célebre del Hombre Araña:

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”  

Podemos decir que las palabras son ese gran poder. Como educador/a, como agente de pastoral, o desde cualquier papel o rol que te toque asumir en el gran puzle de la vida, se te otorga este gran poder. “la palabra”.

Pregúntate: ¿a que suenan mis palabras? ¿cómo me hablo y hablo a otros? ¿transmiten confianza, seguridad, ayudan a empoderar a los jóvenes que se me confían? 

Si esto no lo gestionamos bien, si no somos capaces de pararnos y  discernir, podemos terminar usando nuestras palabras para manipular o dirigir, apagando y entorpeciendo el proyecto de Dios.   

Hoy son múltiples riesgos los que viven los jóvenes en esta era digital, al ser manipulados por los mensajes subliminales, las redes sociales, etc., orientando su comportamiento a decisiones que los desvinculan y desarraigan de su propia identidad. Como continuadores de la obra de Vicenta María, estamos llamadas, llamados, a ser portadores de bien, de buena noticia, esa que cala en el corazón y nos permite acercarnos a ellos con ternura y compasión, con una mirada limpia, capaz de reconocer más allá de la fachada  aquello que son: hijas e hijos de Dios.

Ojalá tú y yo caminemos para ser BENDICIÓN, para decir y decirnos bien.

por Rocío Rojas, rmi

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