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La dirección compartida: nuevos modos de trabajar

Parece ser que la realidad nos empuja a resignificar algunas cosas de las que teníamos como ciertas. 

Es verdad, da vértigo, incluso porque lo bonito y sano de la tradición es que nos da sentido de identidad, de pertenencia, «como si quisiéramos decir: yo no he dejado de ser aquel o aquella que vivió en el pasado… sigo siendo la misma persona que se construye, que se desarrolla sin perder el rumbo, sin dejar de ser fiel a sí misma.» (Bernard Sesboüé, Invitación a creer, 12). Se traduce en unos gestos y palabras comunes y esperados por todas, en un sentir comunitario que es indispensable para una vida meditada y centrada.

Da vértigo también el empezar algo que no está hecho, más aun porque vivimos y nos acostumbramos a un mundo de prefabricados, en donde para muchas cosas no hay más que pasarnos por el pasillo del supermercado y coger un par de envasados.

Sin embargo, la llamada de Jesús siempre es a la autenticidad

y cada x tiempo se nos pide que esos gestos y palabras comunitarias se vayan transformando.

Y aquí también se incluye nuestro modo de hacer: reflexionemos juntos sobre ello tomando como ejemplo nuestras residencias.

Por un lado quiere parecer que lo del trabajo individual tiene sus ventajas. Si cada vez nos especializamos más y tenemos más medios cada una para buscar por nosotras mismas soluciones a lo que va ocurriendo, en principio no necesitaríamos otra persona incordiando. Además, con todas las certezas que hemos ido adquiriendo a lo largo de la vida con tanto esfuerzo, ¿no me han de servir?

Luego, está el que cuando hay falta de personal, podemos pensar que sería más útil, antes que hacer un equipo, el que cada una estuviese gestionando lo suyo: abarcaríamos más.

Pues bien, los datos parecen justificar lo de que cuesta encarnar un «nosotras» en el cotidiano.

Por último, y esto es lapidario: tiene mucha fuerza lo del trabajo individual porque es práctico y parece que resolvemos más y más deprisa. ¿No es así?

Pero la experiencia dice que, poco a poco, va calando inconscientemente la creencia agotadora de que puedes y tienes que llegar a todo. Y esto… no se sostiene. Nadie podemos sostenerlo. Y la voluntad de Dios para nosotras no puede ser el que vivamos agotadas, saltando de una cosa a otra, dejando que se agote la calidez de nuestra presencia. Con lo cual, tiene que haber algo más que el trabajo individual.

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Un otro modo de gestionar la resi

Hablamos de una dirección compartida. Lo que vamos descubriendo es que el trabajar en equipo va más allá del repartir tareas. No se trata tampoco del puesto que ocupo o del rol que tengo. De hecho, quisiéramos romper la creencia de que el puesto que ocupas es lo que te da sentido de valía y, rompiéndola, gestar un modo de trabajar en el que permito que otra persona habite mi sueño y pueda transformarlo conmigo. Se trata de mirar juntas la misión, proyectarla hacia el futuro, compartir una visión y enriquecerla juntas. Además, una responsabilidad compartida descarga mucho cuando somos capaces de fiarnos de la otra.

Es verdad, esto se hace mucho más ligero cuando en el equipo nos sentimos conectadas y queremos genuinamente que la otra persona despliegue libremente todo lo que tiene por dentro. Es un proceso que requiere confianza y comunicación y principalmente el trascender la pequeñez de los automiramientos que nos limitan y cierran y abrirnos a construir un espacio más amplio, generador de vida.

Hagámonos esta pregunta, intentando no imponerle carga moral:

¿Podremos permitirnos abrir las puertas de nuestros esquemas y dejar al Espíritu que fluya, que despierte en nosotras la creatividad para dar respuestas reales y actuales a las necesidades de las jóvenes?

por el equipo de dirección de nuestra Residencia María Inmaculada Barcelona.

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