Estamos siendo testigos de una nueva revolución – la enésima — que ha venido para quedarse y que va a afectar nuestras vidas y sociedades de múltiples formas, unas previsibles y otras totalmente desconocidas.
Como ocurrió con otros avances tecnológicos
(la electricidad, los coches, la televisión, los ordenadores, Internet, …) su adopción resulta imparable, ya que sus ventajas inmediatas superan sus costes y nuestra psique nos impele a enfocarnos más en las primeras que en los segundos que, además, pueden no emerger inmediatamente e ir apareciendo conforme el uso, y el abuso, de lo nuevo se vaya extendiendo. No se me entienda mal, creo firmemente que el progreso tecnológico es bueno para la humanidad, lo mejor que producimos como especie, aunque acarree costes que haya que afrontar. Tan solo quiero hacer notar que todo nuevo avance, por bueno que parezca y que sea, no está exento de una parte oscura que no debería ignorarse y que habrá que afrontar mediante diferentes herramientas, la principal de las cuales es el conocimiento.
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la tecnología ha sido accesible al común de los mortales, en el sentido de que era entendible e incluso reproducible, con un fondo de conocimientos no tan extenso que requiriera dedicación exclusiva.
Esto ha cambiado drásticamente,
en especial desde el advenimiento de los ordenadores y lo digital, hasta desembocar en la situación actual, en la que hay un divorcio, un abismo enorme, entre el uso de la tecnología y el conocimiento de sus fundamentos. Nunca se ha utilizado más tecnología en la vida diaria y nunca se ha estado más distante del conocimiento de sus fundamentos, que hoy en día. Y cuanto mayor es el divorcio, más propensos somos a la manipulación y a la explicación mágica.
Centrándonos en la IA, ¿quién sabe lo que es? Ese desconocimiento profundo nos puede llevar a dos actitudes opuestas: rechazo o aceptación incondicional. Sería absurdo rechazar apriorísticamente algo que tanto nos puede dar a nivel social: detección temprana de enfermedades, diseño acelerado de fármacos y nuevos materiales, desarrollo de software, y un largo etcétera que cualquier búsqueda en Internet nos puede indicar. Por otro lado, a nivel de usuario de a pie, la IA automatiza tareas repetitivas y monótonas, liberando a las personas para actividades creativas, y mejora la eficiencia en diversos sectores como la educación y la administración. Sin embargo, como usuarios, no podemos tener una fe ciega en lo que la IA nos proporciona, especialmente en las búsquedas y chats.

Utilizar la IA acríticamente puede resultar nefasto
y es algo que le está empezando a ocurrir a la juventud. Estudios recientes muestran que algunos estudiantes dependen tanto de la IA que copian respuestas sin reflexionar ni desarrollar habilidades propias, lo cual puede llevar a deteriorar la actividad cerebral relacionada con la creatividad, la atención y el procesamiento semántico, esenciales para el pensamiento crítico.
A cosas como estas me refería cuando hablaba de la inevitabilidad de la implantación de las nuevas tecnologías y de los costes oscuros que pueden acarrear. Como muestra, un botón. He tenido ocasión en estos días de entablar verdaderos debates con diferentes asistentes virtuales o agentes conversacionales (gratuitos). En todos los casos llegué a un punto en el que me proporcionaron información falsa, a veces de una forma que parecía un engaño deliberado. Por ejemplo, me ofrecieron enlaces con contenidos que supuestamente apoyaban su razonamiento, describiéndolos profusamente, pero resultaron ser inalcanzables. Cuando los confronté, la IA «reconoció» que se lo había inventado y se disculpó. Yo he podido descubrir la contradicción o el error porque he sido muy inquisitivo y no me he conformado ni con la primera ni con la segunda respuesta. ¿Están haciendo esto nuestros jóvenes estudiantes? ¿O simplemente copian y pegan sin verificar?
Este artículo podría alargarse mucho, porque el fenómeno de la IA abarca muchas facetas, tanto de índole social (económicas, científicas, sanitarias, …) como psicológicas, éticas o morales. Pero no quiero acabar sin comentar algún aspecto extravagante de la IA difícil de prever, con implicaciones sociales. Uno de ellos es la adicción, ya de por sí muy extendida en el uso de los dispositivos móviles (lo que daría para otro artículo). Otro es el aislamiento y la suplantación de las relaciones con personas reales por relaciones con chatbots programados para ofrecer compañía, apoyo emocional, y hasta interacción romántica o sexual virtual (hay historias reales de personas que mantienen relaciones profundas y duraderas con sus parejas IA, incluso «casándose» en ceremonias digitales).
Todo esto no es solo un síntoma de la creciente soledad social, sino también una causa y una consecuencia de la misma, que se retroalimentan poderosamente.
En los orígenes de la IA se hablaba del “test de Turing” para evaluar si una máquina puede imitar el comportamiento inteligente humano de manera indistinguible. Consiste en que un evaluador humano mantiene una conversación escrita con un interlocutor que puede ser otra persona o una máquina. Si el evaluador no puede diferenciar quién es la máquina, esta se considera que ha pasado el test, demostrando así un nivel de inteligencia artificial comparable al humano.
Para terminar, una pregunta:
¿puedes distinguir si este artículo lo he escrito yo o ha sido una máquina?[1]

por Jesús Díaz, de nuestro Colegio María Inmaculada Sevilla.
[1] Le pedí a ChatGPT que revisase mi artículo y me hiciese sugerencias. No es lo mismo que haber creado el artículo desde cero, en cuyo caso hubiera sido muy diferente al mío. El chat me dio lo que le pedí y me propuso escribir una versión revisada del artículo, con base en sus sugerencias. En este enlace podéis leer el resultado. No caí en la trampa y finalmente decidí quedarme con el mío, aunque tuve alguna tentación. A mí el del chat me parece menos “espeso”, pero el mío es más personal. Vosotros juzgaréis.



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