«Ni un vaso de agua quedará sin recompensa»
Mt 10,42
Hace un tiempo colaboré en el servicio de atención espiritual y religiosa del Hospital de San Juan de Dios en Pamplona. Allí hacíamos diferentes labores, visitar a los enfermos, acompañar a familias, rezar en los momentos de final de vida, llevar la comunión a quien lo solicitaba…
En mi última semana llevé la comunión a un señor amable pero un tanto reservado. Me tocó finalizar mi servicio en San Juan de Dios y el último día me despedí de todos los enfermos que visitaba a diario y este hombre poco hablador agradeció mi trabajo diciéndome “ni un vaso de agua quedará sin recompensa”. Esta frase ya la había oído, por supuesto, pero hasta ese momento no tenía “vida” en mí. Hoy es una de las frases que me acompaña.
Estamos en un momento vital donde las recompensas son fundamentales. El mundo se mueve por ellas.
En muchos espacios laborales el trabajo es por objetivos que una vez conseguidos se convierten en recompensa, en educación son muy importantes los productos finales en los proyectos y a ellos se encaminan los procesos de trabajo. Queremos estar rápidamente en esa meta deseada, en una recompensa palpable, gratificante y pública.
Pero está claro que estas recompensas no tienen mucho que ver con la del vaso.
Las recompensas de las que nos habla el tiempo en el que vivimos se consiguen por nuestro trabajo, nuestros méritos. Sin embargo, la del vaso es don, la recompensa se nos dará pero no de manera inmediata, palpable o pública.

En la vida se nos quiere felices, a Vicenta María se le ensancha el corazón cuando ve a la juventud alegre y las comunidades en las cuáles se escribieron los evangelios presentan a un Jesús que se alegra cuando encuentra la oveja o la moneda perdida. Una felicidad que no es una recompensa al estilo del mundo que habitamos. Esta felicidad de la que bien saben Jesús y Vicenta María es una felicidad que se va llenando con retazos de vida, con vasos de agua que aportamos y que recibimos.
Aguadoras y aguadores espontáneas
Unos vasos de agua que, en principio, queremos dar de manera consciente, casi contamos los vasos que ofrecemos y los que recibimos o no recibimos, con la osadía de sentirnos jueces de otros aguadores. Esto puede ser peligroso. Hemos de caminar a ser aguadores inconscientes, a hacer de la vida un espacio donde el dar y recibir vasos sea tan natural que no necesitemos ninguna recompensa palpable, inmediata o pública y solo caigamos en la cuenta de ello con frases como la de este señor con el que empezaba mi escrito.
Vamos a ofrecer vasos, a ser vaso que recibe de manera natural como Jesús, como Vicenta María y hasta que pueda acercarme a ser como ellos preguntarme ante el Dios de la vida en el que creemos y esperamos ¿Cuándo aporto mi vaso de agua? ¿Cuándo recibo y acojo vasos de agua? Vamos a ser y ofrecer vaso… pero sin darnos cuenta, ahí ya habremos empezado a recoger la recompensa.
por Jesús Barrientos, profesor en María Inmaculada Pamplona.



Deja un comentario