“Al atardecer, a la puesta de sol, le trajeron a todos los que se encontraban mal y a todos los endemoniados. La población entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios.”
Mc 1, 32-34
Según los estudios bíblicos más recientes sobre el Jesús histórico, su faceta de sanador y exorcista es uno de los rasgos que mejor definen la figura histórica de Jesús de Nazaret. Es un aspecto decisivo en su proclamación de la llegada del reino y la experiencia vital de la cercanía liberadora de Dios.
Pero, ¿qué significa que Jesús sanaba enfermos y expulsaba malos espíritus?
Para llegar al fondo del mensaje evangélico, es fundamental conocer el significado que tenía la enfermedad para quienes la sufrían y escuchaban a Jesús en aquel contexto tan diferente al nuestro (DV 12).
Sólo un dos por ciento pertenecía a la élite y la inmensa mayoría del ochenta por ciento restante vivía en un nivel de subsistencia que cualquier contratiempo rebajaba, dejándoles en la miseria, el desarraigo y la mendicidad.
Las relaciones de escasez, opresión, explotación, inseguridad, miedo y sufrimientos era lo habitual. No es difícil imaginar que esa situación vital fuera caldo de cultivo de todo tipo de enfermedades (las posesiones suelen entenderse como un caso especial de enfermedad).
Sanar es algo más que curar
La antropología médica diferencia tres aspectos en la enfermedad:
La afección o disfunción (se refiere al mal funcionamiento de los procesos biológicos);
La dolencia (alude a la experiencia personal y al significado psicosocial con el que se percibe y se vive esa disfunción);
La enfermedad (el significado que la sociedad da a ciertos signos biológicos o de comportamiento, convertidos en síntomas; tiene consecuencias sociales).
Si la dolencia personaliza la afección, la enfermedad es un proceso que socializa la disfunción y la dolencia y puede aumentarlas o crearlas.



Por tanto, sanar una dolencia es algo más que curar una afección. Implica otros aspectos y factores interrelacionados: personales y psicológicos; relaciones familiares, grupales y sociales.
Cuando una afección golpea a una persona, su propia respuesta, la de su grupo familiar, laboral, amistoso o social pueden determinar el progreso de la dolencia, incluso de la disfunción. La película Philadelphia, sobre el SIDA, refleja esta relación que conocen bien quienes se dedican al campo sanitario.
Pues bien, los evangelios hablan de sanaciones y dolencias más que de curaciones y afecciones. De hecho, los relatos de sanaciones de Jesús se desarrollan en torno a tres ejes (manos-pies; boca-oídos; ojos-corazón) que señalan las zonas “enfermas” de quienes Jesús sana (zonas: de la acción/actividad; de la autoexpresión; del conocimiento, respectivamente). Las posesiones muestran todas las zonas alteradas.
¿Cómo nos ayuda todo lo anterior a comprender el mensaje de los relatos evangélicos sobre Jesús sanador?
Las sanaciones de Jesús
Jesús sana a personas con ceguera, parálisis, sordera, mudez, espina dorsal doblada, exceso de flujo menstrual (estrechamente relacionada con el género), enfermedades dermatológicas.
En esos relatos queda manifiesto la implicación del grupo familiar, sinagogal, o socio-político con sus normas, sus valores y su organización de la vida personal, familiar y social, que producen o agravan la dolencia (incluso la afección) al oprimir, al excluir de la comunidad a quienes las padecían; al hacer de esa persona una marginada, o sospechosa de algún pecado inconfeso, causante del mal sufrido.
Las sanaciones de Jesús se refieran más bien a las dolencias y enfermedades que las afecciones.
Jesús aparece sanando con su palabra y con su actitud, que recrean y abren la realidad a nuevos horizontes de comprensión y autocomprensión. Sus palabras de autoridad sacaban a la luz el mal y la opresión escondida bajo muchas normas y ordenamientos socio-religiosos, pretendidamente voluntad de Dios.
En la actuación de Jesús comenzaba ya a experimentarse la novedad del reinado de Dios; en su grupo se vivían los valores contraculturales del reinado de Dios proclamado por él: inclusión, servicio, fraternidad, no dominio; suponía un cambio y una crítica de los criterios hegemónicos por los que se establecía el valor de las personas (poder, prestigio, género, status…).
Era un cambio y una propuesta que Jesús anunciaba como deseo de Dios
y su oferta de salvación y dignidad para los excluidos del sistema. Ese Dios que Jesús anunciaba y hacía presente en sus sanaciones no era el que permanecía encerrado en el santuario, protegido de la “imperfección o impureza”, sino el que salía a buscar a los caídos en las cunetas de la vida, a los enfermos y heridos, a los vulnerables, a los excluidos del sistema para ofrecerles la salvación (humanización plena). El Dios de Jesús no era el patriarca oriental que cuida su honor por encima de todo, sino su antítesis, el padre-madre del hijo pródigo (Lc 15, 11-32).
Esa oferta de salvación integral podía experimentarse ya en Jesús que hablaba, escuchaba y acogía a todas las personas, también a las consideradas impuras y pecadoras, comía con ellas, las sanaba y les devolvía la dignidad, el horizonte y un lugar donde sentirse “ en casa”.
Aquellas personas, sin pretenderlo ni saberlo, hablaban y se quejaban mediante el lenguaje de su cuerpo.
Jesús sabía escuchar aquellos gritos corporales, y su palabra, su anuncio de salvación, se hacía presente ya en la existencia de quienes se abrían a su palabra, a su mensaje y se dejaban trasformar por él. Aquellas personas enfermas experimentaban ya de forma eficaz la cercanía plenamente humanizadora de Dios; en la persona de Jesús y en las relaciones en su grupo de seguidores, experimentaban que lo prometido comenzaba a realizarse, que tenían un valor infinito a los ojos de Dios.
por Carmen Bernabé Ubieta, teóloga especialista en Nuevo Testamento, Universidad de Deusto.



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