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La vocación de Pablo: una propuesta de libertad

Pablo de Tarso, conocido como el “apóstol de los gentiles”, fue judío toda su vida. En sus cartas, defiende su pertenencia a Israel y las promesas de Yahvé a su pueblo, especialmente después de su “vocación” en Damasco.

Creer que Jesús, crucificado y resucitado por Dios,

era el mesías esperado por su pueblo no le hizo menos judío; al contrario, lo radicalizó más, revelándole las raíces de su identidad y vocación judía. Aunque la tradición católica celebra la «conversión de San Pablo» el 25 de enero, esta expresión no refleja sus propios relatos de aquel acontecimiento. Para comprenderlo como él mismo lo entendió, situémoslo en su contexto histórico.

En el año 33, aproximadamente, en Damasco, dos grupos de judíos se enfrentaron:

Unos

creían que el crucificado por los romanos era el mesías de Yahvé,

mientras que otros

sostenían que ningún crucificado podía serlo, ya que la ley decía que “un colgado es una maldición de Dios” (Dt 21).

Pablo emergió como protagonista de estos últimos, con la misión de contrarrestar a los primeros y evitar divisiones dentro del judaísmo. Sin embargo, sus esfuerzos no tuvieron el éxito esperado.

Los judíos mesiánicos compartían con Pablo y otros judíos los principios fundamentales de su identidad:

Creían en Yahvé como único Dios

en Israel como el pueblo elegido para una alianza gratuita,

y en la Torah como su modo de aceptar la alianza y la salvación.

Creían que Dios creó un mundo bueno,

cuidaba a su pueblo a pesar de sus errores,

y ofrecía perdón a través de sacrificios que simbolizaban el arrepentimiento.

Sin embargo, también creían que la muerte en cruz de Jesús fue la muerte del Siervo de Yahvé, elegido para cargar con el pecado de todas las personas y ofrecer libertad y salvación. Esta elección se cumplió en un “maldito” crucificado para mostrar la voluntad de Dios de salvar a todos, independientemente de su condición moral, raza o clase. Esta conclusión sorprendió a muchos judíos, quienes asumieron que la muerte de Jesús había anulado todos los pecados, haciendo innecesarios los mecanismos sacrificiales.

Pablo, conocido por su celo por las tradiciones judías, se enfrentó a los judíos que creían que el crucificado era el mesías.

Esa afirmación socavaba las tradiciones judías y enfrentaba al judaísmo con Roma, ya que proclamaba como libertador a un rebelde ajusticiado por el Imperio.

En una de sus últimas cartas, Pablo confesó que el esfuerzo por cumplir la Torah le había producido frustración (Rom 7). A pesar de su sinceridad, no pudo evitar codiciar, lo que le impidió cumplir la Torah y mantenerse en la alianza.

Pablo se había esforzado como judío para corresponder al don gratuito de Dios que le había elegido y prometido una vida llena de felicidad. Su devoción le llevó a aceptar ese regalo con su compromiso de fidelidad, incluyendo evitar codiciar.

Sin embargo, se dio cuenta de que era imposible dejar de codiciar

el camino para aceptar la alianza resultaba intransitable; en sus palabras, un velo le impedía entender su pertenencia a Israel (2Cor 3).

En estas circunstancias, ¿cómo resonarían las frases de los cánticos del Siervo de Yahvé que otros judíos creyentes en Jesús citaban?

“Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle… ¡Y con todo, eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados”

Is 53
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Cuando Pablo se encontró con judíos que defendían que Jesús crucificado era el Siervo de Yahvé y que su muerte humillante traía paz y curación para todos, incluido Pablo, se le vino el mundo encima. Su frustración frente al mandamiento de dejar de codiciar quedó anulada, no porque dejara de codiciar, sino porque la codicia, signo de todo pecado, no había impedido a Dios aceptarle como digno de sí, de reconciliación y acogida.

Esta experiencia de encuentro amoroso con Yahvé,

que no le había rechazado por ser codicioso y pecador,

le abrió las puertas para comprender radicalmente su fe, su ser judío.

Reconoció que había entendido mal, como muchos de sus compatriotas, qué es lo que Dios le pedía con la ley.

No se trataba de ser puro, inmaculado, perfecto a los ojos de Dios; Él ya sabe que eso es imposible.

De lo que se trataba es de que, precisamente en esas circunstancias de codicia, pecado, odio o maldad, se descubriera que Dios siempre está amando, perdonando, reconciliando y ofreciendo un modo de vivir que antepone el amor a cualquier otra circunstancia penosa de la vida.

Y esto se descubre al mirar al Crucificado.

Por muy malo que Pablo fuera, Dios había decidido, libre y soberanamente, que nada le iba a condicionar ese amor. “La prueba de que Dios nos ama”, afirmó con rotundidad en la Carta a los Romanos, “es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5).

En Damasco, el encuentro con Jesús, el Crucificado y Resucitado por Yahvé, le descubrió quién era Dios verdaderamente y cómo actuaba con él. Este descubrimiento fue tan apasionante que el resto de su vida se empeñó en contar a todos, judíos y gentiles, la buena noticia de un Dios que no pone condiciones para ofrecer lo mejor de sí mismo: su propuesta de libertad y felicidad.

por Carlos Gil Arbiol, teólogo especialista en Nuevo Testamento, escritos paulinos,

Universidad Pontificia Comillas.

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