Lc. 21, 1-4


Quizá no fueses ni viuda, ni pobre
como la del Evangelio. Pero esta mañana, así a simple vista y desde la mirada que tantas veces no va más allá de las apariencias, creí verte allí, ante el cepillo de las limosnas.
Estabas arrodillada y un poco encorvada, con tu delantal negro que apenas se distinguía de tu figura también ennegrecida… Estuve un rato mirándote con una mezcla de unción y asombro. Nadie parecía notar tu presencia, ahí callada, a pleno sol de mediodía, desgranando lentamente las cuentas hechas oración de tu gastado Rosario… Mientras, la gente iba y venía a dejar sus limosnas… y entretanto, como ocurrió con los discípulos, nadie parecía enterarse de lo que estaba pasando. Hoy por un instante pude mirar «a lo Jesús», este es uno de esos milagros que ocurren en este lugar, y aunque tú no fueses ni viuda, ni pobre,… sí que todo el día tu imagen me acompañó a modo de mantra, mientras pensaba, «esta ha echado todo lo que tenía para vivir» …



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