
Normalmente, cuando alguien opta por reservar una mesa en un restaurante, suele echar un vistazo a las reseñas; es decir, lee las opiniones que otros han publicado acerca del ambiente, la calidad y la elaboración de los alimentos, el servicio, el precio, etc. Las opiniones favorables contribuyen a la buena fama del local, a confiar en la experiencia y a recomendarlo a otros.
Teniendo esta idea de fondo, un comentario al vuelo sobre algunos “locales” donde Jesús compartió mesa, pan y vino con amigos y conocidos, e incluso con marginados y por supuesto, con desconocidos.
En cuanto al ambiente
su presencia, su estar con todos, convirtió cualquier mesa en un espacio de inclusión y hospitalidad. El lugar adquirió la calidez de la bienvenida, de la familiaridad y del no sentirse rechazado. Basta recordar la comida en casa de Simón, donde una mujer calificada como pecadora se le acerca y vierte sobre sus pies un frasco de perfume (Lc. 7, 36-50).
O el banquete que le ofrece Leví, recaudador de impuestos, es decir, una figura no muy bien vista, pero que terminó invitando no sólo a Jesús, sino que llenó su casa de otros excluidos y pecadores que seguramente comieron a gusto (Lc. 5, 27-32).
En cuanto a la calidad, su cuidado de los pequeños detalles
hizo posible, en todo momento, que alimentos sencillos, cotidianos y de proximidad alcanzasen una buena valoración. Su elaboración con mimo y delicada paciencia, unido a su mezcla de tradición y novedad, logró que el sabor del cordero asado, de la ensalada de hierbas amargas y la salsa que lo acompañaban, permanecieran por mucho tiempo en el recuerdo de los comensales (Lc. 22, 8-20).
El pan sin levadura y el vino propio del lugar, hoy diríamos con denominación de origen (DOP), se transformaron en su misma vida, en su Cuerpo y Sangre; en presencia hecha alimento y en alimento hecho presencia para siempre. El pescado recién sacado del lago, sin aditivos que le hiciesen perder su esencia, supo disponerlo delicadamente sobre unas brasas en la orilla, esa vez para compartir entre amigos la alegría de la Resurrección. (Jn. 21, 4-22).
Nuevamente, la calidad de lo cotidiano dio lugar a conversaciones pausadas y a confidencias reconciliadoras
Por último, el servicio, lleno de amabilidad y cercanía, expresado en forma de bendición y agradecimiento, como en aquella cena camino de Emaús, que sirvió para recordar experiencias vividas, hacer relectura del camino recorrido y caer en la cuenta de que no caminaban solos (Lc. 24, 28- 35). Anteriormente, algún que otro gesto de Jesús había desconcertado a muchos, ya que lavarle los pies a cada uno de los invitados en el transcurso de una cena, siendo Él mismo el anfitrión, no era lo acostumbrado. (Jn. 13, 1-15). El asombro dio paso a la reflexión, a dejarse tocar en lo profundo por un gesto humilde, gratuito y exagerado que invitaba a salir de allí y hacer lo mismo.



A partir de las numerosas “reseñas” a lo largo de la historia, hombres y mujeres de todos los tiempos se animaron a compartir mesa, casa, diálogos y proyectos.
¿Cuántas estrellas le pondrías a tus comidas en familia, en comunidad, con tus amigos, o con tus compañeros de trabajo? …
por Marta Menéndez, rmi



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