En esta parábola tan impresionante de Lucas hay un detalle que atrapa por completo la atención:
Jesús utiliza un nombre propio, el de Lázaro,
para designar al protagonista. En realidad, para designar a uno de los coprotagonistas; el otro es un rico epulón, un adinerado que, con todo desparpajo, se dedica a disfrutar de la vida sin medida alguna y sin ningún sentido de la responsabilidad.
El detalle que resaltamos es que se singulariza a Lázaro desde el primer momento. En absoluto es simplemente un pobre. No sucede lo mismo con el rico epulón. La parábola deja en suspenso quién es realmente. Quizás Jesús está pensando en un caso concreto que ha conocido directa o indirectamente. Es muy probable que así fuera ante lo pródiga que es la parábola en la descripción de las circunstancias precarias de Lázaro. Sea de una manera o de otra, lo cierto es que Jesús opta por incorporar su nombre a la narración. No parece que le resultara entonces un dato superfluo, del que podía haber prescindido perfectamente sin dañar el mensaje de fondo de la parábola. Al contrario: lo introdujo, y lo introdujo repetidamente.
Aquel pobre era alguien: era Lázaro.
La pregunta que salta enseguida es por qué Jesús actúa así. Como parábola que es, nos está permitido acoger lo que insinúa y registrar cuanto mueve interiormente en nosotros. Si la pretensión de Jesús es mostrar el rostro de Dios y liberarlo de todo aquello que lo desfigure, la parábola dibuja los ojos de Dios y la mirada de la que son capaces. Está claro que es una mirada especial, llena de intencionalidad, para quienes se encuentran en la misma trampa existencial de Lázaro, esa que acaba por matarlos. Tan potente es tal mirada, que Dios puede retener los nombres de todos ellos. Porque su propósito es privilegiar a quienes son como Lázaro. Sus ángeles los llevarán finalmente “al seno de Abraham” (v. 22).

Cuando uno hace memoria de tantos liderazgos
que han existido en la historia, para los que las personas representaban sólo una masa informe, innominada y fácilmente manipulable, el detalle que hemos subrayado en la parábola se asemeja a una voz de alarma. Los reinos humanos construidos sobre lo opuesto al Evangelio son espacios de anonimato, encerrados en sí mismos, donde por toda seña se habla genéricamente y se juzga según las apariencias. Nuestro “rico epulón” lo vivió en sus carnes.
En cambio, el Dios de Jesús pretende reinar pronunciando los nombres de sus hijas e hijos, dignificándoles, engalanándoles con la justicia y neutralizando cuanto les condene a la exclusión insolidaria.
El balance es particularmente desastroso si nos ponemos en la perspectiva del segundo coprotagonista, el rico epulón. Es curioso que Dios y él coincidan en que conocen a Lázaro y lo llaman por su nombre. Pero a partir de ahí la distancia entre ellos es infinita. El nombre de “Lázaro” no atravesó nunca el corazón del rico epulón; se quedó a las afueras. No fue así en el caso de Dios. Su corazón divino está lleno de nombres humanos: los de todos y cada uno de sus pobres.

por Francisco José Ruiz Pérez, sj. Univ. de Deusto.



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