Hablar de la residencia para mi supone hablar de VIDA, de muchas vidas entrelazadas que forman un Hogar. Son vidas que tienen un rostro, un nombre, una historia detrás, son jóvenes que buscan su futuro, que llegan con Ilusión, sueños, metas, proyectos, pero también que llegan con temores, inseguridades, miedo a lo desconocido, mecanismos de defensa y muchas cosas más que traen en la maleta.
Salir del núcleo familiar y del lugar de origen supone una ruptura y un duelo, es un cambio que implica empezar de cero, en muchos casos en una ciudad o país desconocido, calles y avenidas desconocidas, rostros y acentos desconocidos, y es ahí donde estamos nosotras, esperando ver llegar a esa joven que entra por primera vez a nuestra casa.
La primera puerta es la acogida
Acoger a la joven en su totalidad para mí significa ir más allá de la apariencia, de la primera impresión. Acoger a cada joven en su misterio con una mirada llena de esperanza por lo que puede llegar a ser. Es ofrecer ese espacio donde pueda desplegarse total y libremente sin miedo a ser juzgada.


Los primeros meses son los más cruciales
y creo que nuestra presencia es muy importante para facilitar lo más que se pueda la adaptación y la integración tanto en el ámbito académico como en el ámbito relacional entre las diferentes jóvenes, a través de estructuras, dinámicas y actividades. Es fundamental una escucha constante, y ser ese apoyo que ellas necesitan. Más allá de las reglas y normas de convivencia que son importantes, está una atención personalizada y una presencia incondicional que siempre estará ahí para ellas.
Sostener y arropar en temporadas de exámenes
En esos momentos críticos donde la vulnerabilidad se hace más presente, la fragilidad, el agobio, la frustración y la soledad, los bajones y los miedos. Para mi nuestra presencia tiene que ser suelo firme donde ellas se puedan soltar y desahogar. No es tanto una escucha pasiva de dar “palmaditas en la espalda”. Sino de una escucha activa desde dentro para acompañar a cada joven desde su realidad concreta, se trata de un caminar incondicionalmente con ella, una presencia que sostiene con paciencia y ternura y a la vez confronta y estimula, supone dar horizonte ayudarle a sacar lo mejor de sí misma, a que pueda ser desde su propio don.
Cuando el horizonte se nuble y no tengas claro el camino, y te agobies porque no llegaste Recordaré los motivos por los que empezaste este viaje, caminaré contigo hasta donde haga falta, sin prisa, con alma sin fronteras;
celebrando cada pequeño triunfo:
el ejercicio resuelto, el tema que al fin entendiste,
la sonrisa que regresó después del error.
Porque la vida no es un examen
que se gana con una nota al final,
sino con los pasos que te hicieron crecer.
Testigo de este viaje, contigo estaré…
Algo que me ha marcado en todo este tiempo es que cada joven que llega a nuestra casa, es una llamada para atender, un misterio para acoger, una vida para cuidar y un alma para acompañar…
por Blanca Matías, rmi.



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