La infancia en la periferia de un hombre común
Vivió (seguramente donde había nacido) en Nazaret de Galilea, una población poco importante (cf., Jn 1, 46), situada en los confines del reino de Herodes. Su madre se llamaba María y su padre putativo José. Muy probablemente aquellos a quienes la tradición católica llamó primos eran en realidad sus hermanos y hermanas (cf. Mt 13,55). Formó parte de lo que se ha dado en llamar la familia «extensa» que imponía al individuo una identidad y una función social a cambio de la seguridad comunal y de la protección (cf., Mc 3, 21. 31-35).
Fue laico y célibe. Desconoció el latín, pudo saber algo de griego y algo de hebreo, pero su lengua era el arameo con la que se dirigía a los campesinos. Seguramente sabía leer y escribir, algo muy raro en su época. Fue un trabajador manual (cf., Mc 6, 3a), que pertenecía a la parte baja de la clase social intermedia. No perteneció a ninguno de los grupos judíos relevantes en la sociedad (sacerdotes, saduceos, fariseos, zelotas, esenios).
Después de crecer sin sucesos destacables
en el seno de su familia, se sintió atraído hacia el movimiento de Juan el Bautista y fue bautizado por él.


Un otro camino
Pero Jesús pronto emprendió su propio camino dando comienzo a su ministerio público, cuando tenía unos treinta y tres o treinta cuatro años de edad.
Regularmente alternó su actividad entre su Galilea natal y Jerusalén.
Acudió a la ciudad santa con motivo de las grandes fiestas, cuando la multitud de peregrinos garantizaba un auditorio al que de otro modo no podía llegar. Ese ministerio duró dos años y unos meses. Encontrándose Jesús en Jerusalén con ocasión de la ya próxima fiesta de Pascua, al parecer sintió que la creciente hostilidad entre las autoridades del templo y él mismo estaba llegando a un punto crítico. Celebró una solemne cena de despedida con su círculo de discípulos más íntimo en la noche del jueves, día de preparación de la Pascua judía. Arrestado en Getsemaní en la noche, fue primero interrogado por algunos funcionarios judíos y luego puesto a disposición de Pilato a hora temprana de la mañana del viernes. Pilato lo condenó rápidamente a muerte por crucifixión. Después de sufrir azotes y escarnios, Jesús fue crucificado fuera de Jerusalén aquel mismo día. Murió en el atardecer del viernes. Tenía unos treinta y seis años.
La vida y la personalidad de Jesús de Nazaret
como las de todo ser humano, estuvieron condicionadas por la realidad social en la que vivió. Conocer su contexto familiar, vecinal, político, económico y social es imprescindible para entender correctamente su vida y su mensaje.
A comienzos del siglo I los judíos de Palestina eran un pueblo subyugado por Roma desde el año 63 a.C. El imperio romano albergaba unos cincuenta millones de habitantes. Jesús era uno más, pero, como no tenía ciudadanía romana, era un insignificante judío sin derechos. Circunstancia clave para entender la pena capital a la que fue condenado: la crucifixión.

Los romanos no ocuparon Palestina
como era su costumbre. Nombraron un soberano nativo, Herodes el Grande, para que gobernase el país. A su muerte, el emperador Augusto repartió la región entre sus hijos. Antipas gobernó, con el título de tretarca, la región de Galilea, desde el año 4 a. C. hasta el 39 d. C., en que fue depuesto por el emperador. Este modo de gobierno nunca consiguió erradicar las tensiones políticas de los judíos con el Imperio de Roma, que culminaron con la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C.
Una Galilea atrapada por las deudas
Jesús era galileo y conoció una Galilea atrapada por las deudas, que se reflejaba en las siguientes tensiones sociales: campo-ciudad, habla griega-habla judía (judíos tradicionales y helenizados), pobres-ricos. Una sociedad agraria con una población que seguramente no superaba los 150.000 habitantes, que en su mayoría vivía de cultivar la tierra. En la región del lago, donde tanto se movió Jesús, la pesca tenía gran importancia y muchas familias de los pueblos ribereños vivían del lago.
En una cultura agraria es muy importante la propiedad de la tierra. En Galilea había grandes terratenientes que arrendaban sus tierras a los campesinos del lugar con contratos leoninos (cf., Mt 12, 1-9). Además había también muchos campesinos que trabajaban, ayudados por toda su familia, terrenos modestos de su propiedad. Y finalmente había campesinos jornaleros que se habían quedado sin propiedad (cf., Mt 20,1-16).
Esta situación social generaba una enorme desigualdad de recursos entre la gran mayoría de la población campesina y las élites que vivían en las ciudades. Por medio de una carga tributaria abrumadora, las tradicionales familias e instituciones del judaísmo y el gobernador romano obtenían de los campesinos el máximo beneficio posible.
por Javier Vitoria, sacerdote, escritor y teólogo.



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